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El Gato, la bodega de Rota donde mandan las mujeres

Antonia y Juana Martínez, nietas e hijas de los fundadores de Bodegas El Gato, y Laura e Isabel López y Ana Navarro, la cuarta generación de bodegueras, continúan una saga iniciada en 1957 que parece no tener fin

En el pago Campillo, en el término municipal de RotaJosé Martínez Arana empezó a cultivar una viña a mediados del siglo XX. Su hijo, Juan Martínez Martín-Niño, con poco más de 20 años, hizo la vendimia y, al año siguiente, terminó comprándole parte de las tierras a su padre. Los primeros años, llevaba el vino en moto hasta Jerez, a alguna bodega de la ciudad. Entre eso y el taxi que conducía se ganaba la vida.

Isabel y Laura López, Antonia Martínez, el fundador Juan Martínez Martín-Niño, Juana Martínez y Ana Navarro, en la ‘sacristía’ de Bodegas El Gato.

Unos años después, en 1957, Juan se instaló en la avenida de San Fernando de Rota, su vivienda desde entonces, y la de su negocio, Bodegas El Gato, que con los años se ha diversificado, y ahora también tiene una licorería. Primero, Juan empezó con un pequeño despacho de vinos —“una tasquita”— y luego con la bodega propiamente dicha, elaborando el vino de forma artesanal, embotellándolo y distribuyéndolo.

Laura López sostiene una foto en la que se ve a su bisabuelo, José Martínez Arana, y a su abuelo, Juan Martínez Martín-Niño, impulsores de Bodegas El Gato. MANU GARCÍA

“Mi madre y mi tía se hicieron cargo de la bodega hará unos 30 años”, cuenta Laura López, quien lleva las relaciones públicas y el marketing de El Gato. “Ellas crearon la sociedad y gestionaron la parte laboral, dieron el salto profesional”, agrega. “Es un trabajo de mucho papeleo”, señala, a veces invisible, pero esencial para que la empresa haya llegado hasta hoy en día.

La vida de esta familia gira en torno a una bodega que, el año de su fundación, compartía mercado con una veintena de firmas en el centro de Rota. Ahora, es la única que queda en la localidad, y la gran culpable de que se mantenga la variedad de uva tintilla de Rota. “Mi abuelo (Juan Martínez Martín-Niño) luchó mucho por esa uva”, relata Laura.

La tintilla de Rota, una uva tinta muy delicada y de baya pequeña que por las características del clima y de la tierra solo se cultiva en esta localidad, se utilizó durante los siglos XVIII y XIX como vino de consagración en Reino Unido, aunque también se vendía en países como Bélgica, Italia, Marruecos, Holanda o Francia.

Antonia Martínez, de Bodegas El Gato, sacando vino de una bota.. MANU GARCÍA

“Nuestra uva llega al lagar, donde elaboramos los vinos. Los criamos con mucho esmero, y nosotras mismas lo etiquetamos, lo embotellamos y lo mandamos”, cuenta Laura López. De hecho, poco antes de hablar con lavozdelsur.es ha enviado un pedido a Japón. “El vino sale fresco, una semana después de ser embotellado. No nos sale mandar cajas de hace un año”, comenta.

“Es nuestro secreto a la hora de elaborar el vino”, asegura Laura. Ése y la ilusión. “La ilusión es primordial”, señala. “Mi abuelo, con 85 años, cuando habla de su bodega se emociona. Brilla. Se pone a llorar. Es que le encanta. A él le engloria su bodega”. Durante el inicio de la pandemia, cuenta, sólo salía para ir a la bodega, tomarse algo y leer el periódico. “Si me quitan esto, ¿qué hago?”.

La nueva generación que está al frente de Bodegas El Gato, Juana, Antonia, Laura, Isabel y Ana, conservan la esencia del negocio, que sigue mimando su producto y todo el proceso de elaboración. «Los vinos los conocía mucha gente, pero casi todos de Rota, mi enfoque era sacar los vinos fuera», relata Laura, que «venía de otro mundo». Durante un tiempo estuvo como dependienta en la licorería familiar, aunque también pasó por la hostelería, y al llegar a la bodega comenzó a hacer catas. «Hice más de 100, fue un boom», recuerda. Así, «Bodegas El Gato salió a la luz», y comenzó a exportar a Alemania o EEUU. 

Laura López, en la ‘sacristía’ de Bodegas El Gato.  MANU GARCÍA
La gama de jereces de Bodegas El Gato.  MANU GARCÍA

En el espacio de la bodega conocido como la sacristía, donde están los vinos más preciados, hay botas firmadas por los visitantes. Aquí es donde Laura realizaba las catas. «Para que la cometa vuele alto tiene que tener fuerte viento en contra», «de Rota a Londres con la maleta cargada de tintilla», «a Juan, con el mérito de haber preservado la tintilla de Rota, patrimonio enológico», son algunos de los mensajes que se pueden leer, escritos con tiza blanca. «Aquí nos hemos criado», recuerda Laura. «De pequeñas veíamos lavar las botellas aquí mismo, era todo muy antiguo». En este sitio está la particular sala de trofeos de la bodega, a la que no le falta ni un reconocimiento local, hasta la Urta de Oro, máxima distinción de Rota. 

Bodegas El Gato también organiza la ruta de la tintilla, a la que se han unido 41 negocios de la localidad en esta edición, y en la que participan elaborando productos con este vino. Con la elaboración artesanal de vino, las actividades en torno a la bodega y la taberna-despacho en la que venden chacinas, quesos o aceites, esta familia bodeguera de Rota resiste los envites del tiempo. En más de 60 años de vida ya llevan encima unas cuantas crisis. La del coronavirus seguro que no será la última.

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